De vez en cuando…

Un puñado de ideas para compartir

Secuestrada por Corcheas Junio 12, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 4:22 am
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Fue en el pasillo de mi edificio. Era de noche; tarde, más o menos las 2. Kate, mi vecina, estaba despidiendo a su roomate alemán, que volvía a casa luego de 1 mes en la Argentina. Yo había estado estudiando (o evadiendo) todo el día historia, y se me había antojado un cuarto de helado (no sé por qué; en realidad hacía frío). Salí de casa y me disponía a esperar el ascensor, cuando lo sentí. Las guitarras se escapaban eufóricas por las bisagras de la puerta de al lado. Después me dijeron que la canción se llamaba Ixtapa, pero en aquel momento me paralicé. Era poderoso, casi irreal. Tenía que saberlos, verlos. Todo un ejército de corcheas me había atrapado. Hola! Ehh disculpame, soy tu vecina de al lado. No pude evitar escuchar la música…¿qué es? Oh hola! Pasa, pasa. Rodrigo y Gabriela se llaman.

Así, sin piedad. Como a las 2 de la madrugada de un día perdido de febrero, me conquistaron. Rodrigo y Gabriela. ¿Los conocías?

Capitan Casanova – Rodrigo y Gabriela

Stairway To Heaven (Led Zeppelin) – Rodrigo y Gabriela

 

 

 

 

Para sonreir en el bondi Junio 5, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 4:29 am
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Con una amiga decimos que existe un libro para cada cosa. Está, por ejemplo, el libro de vacaciones. Ese magnánimo e imponente gordito, cuyas páginas más que devorarse se saborean despacio; algunos dirían que con cautela. Paciente y taciturno, por otro lado, espera todas las noches en la mesita de luz el de tapa dura. Imposible de trasladar, como un baúl impenetrable de palabras que necesitan de todo nuestro tiempo y alma para hacerse carne, para atravesarnos. Sin embargo, el que yo considero trascendental, perentorio, decisivo, es el libro de la calle. Preferentemente de formato pequeño, buen encuadernado, tapas ni muy blandas ni muy duras. No es necesario que despliegue un lenguaje muy florido o articulado. Tampoco se exige como norma la existencia de personajes complejos, grandiosos, metafísicos. Solo un pedido: la sonrisa desnuda. Así nomás. Aunque el bondi esté lleno y el colectivero te haya tratado mal. Aunque te hayas quedado dormido. Aunque en la mañana fría esa descabellada baldosa floja se haya cruzado en tu camino. Como un tobogán y sin preámbulos, una impúdica y vasta sonrisa.

¿El mío? Historias de Cronopios y de Famas de Julio Cortázar. ¿El tuyo?

“Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta de ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.”

CORTÁZAR, Julio. Historias de cronopios y de famas. Punto de Lectura. Buenos Aires. 2007. p.12

 

Claustrofobia Mayo 25, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 8:37 pm
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Escape de mi amigo Santi en plena clase de Econom�a

Clase de Economía: curva de la demanda, curva de la oferta, maximizar el beneficio, 2,5,78,2,5,18,1,8, ftyh, fhyhd, weptkb, …, …., …, . Santi está atrás mío. Expresión correcta y automática; la lapicera, el cuaderno, el banco y su bolso. Cuando de repente se pierde. Sus manos ya no le pertenecen, el trazo negro construye un sendero distinto, completo, infinito. Ya no lo encuentro más. Las cuatro paredes me empujan, me expulsan. Y él está perdido…¿o los perdidos somos los otros?

 

La Utopía en Bits Mayo 5, 2008

Archivado en: Inquietud — cataneyra @ 7:37 am
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El domingo 4 de mayo, La Nación apareció en las calles con un flamante título rojo en su suplemento Enfoques: “El Mayo Rebelde. Legado y actualidad del 68 francés”. En una serie de artículos lo que se hizo fue analizar las repercusiones, relecturas y observaciones durante estos 40 años en los que se intentó entender y aprehender las consecuencias (si es que las hubo) de aquel inspirador movimiento. Varios personajes fueron mencionados. Desde Daniel Cohn-Bendit (líder de aquellos defensores de la imaginación), hasta el actual presidente fráncés Nicolas Sarkozy, aparecieron en ese informe.

Luego de leerlo, Marcela -mi madre- y yo comenzamos a discutir sobre el tema. Más o menos opinábamos lo mismo (que la autora hizo bien en destacar que Sarkozy estaba en la primaria durante la lluvia de los adoquines). Sin embargo, el comentario con el que Marcela finalizó su exposición sobre el tema me dejó perpleja y me hizo entender al mandatario francés; en él estableció la inexistencia o el fracaso de las utopías en la sociedad actual. La razón principal de mi desconcierto fue que no estaba escuchando a mi mamá, sino a toda su generación. Con sus 47 años, lo que ella me había mostrado era el desencanto de su época. “Mi generación, luego de decepcionarse y fracasar en una lucha por utopías, concluyó en que no eran posibles”.

¿Tenía razón? ¿Realmente acabaron o simplemente no las distinguimos de tan cerca que están a nosotros? Una, por lo menos, sigue vigente y pisando fuerte desde hace bastante. En efecto, las utopías todavía existen, el tema es que hoy en día las escribimos con unos y ceros. Digitalización, interactividad, convergencia. Todo un arsenal tecnológico dispuesto a democratizar el mundo, abrir las barreras de la comunicación, del espacio, del tiempo…y andá a saber hasta dónde nos podrán llevar. Como es claro, todo esto viene unido indefectiblemente a ideologías políticas, económicas y hasta filosóficas. El conflicto es que ahora ellas se expresan con números, no con palabras y la gran mayoría no somos capaces de leerlas, de comprenderlas. Entonces, ¿qué hacemos?. Las ignoramos, las aceptamos o, peor, las naturalizamos.

Aquí es donde, creo yo, podría entrar la superación de aquel mayo exhortada por un ya maduro Cohn-Bendit. Él nos habla a nosotros, a los jóvenes perdidos en la neblina digital y nos pide que “pasemos a otra cosa”. Pero no que “liquidemos su herencia”, sino que nos comprometamos con las reglas del juego establecidas, a mejorar lo que sabemos no está funcionando bien. “Los cambios deben realizarse dentro de la libertad de los sistemas democráticos, del Parlamento; es allí donde se debe aportar la reforma que lleve a una transformación. Ubicándonos en los márgenes, decía, para empujar y modificar, pero no en los extremos excluyentes. La reforma constante es innovación, creación y diferencia. Como vemos cobra una jerarquización que no tenía en aquel momento.”  Para ello, esta generación, mi generación, necesita enterarse de que la política no está muerta. Vive, respira, y crece a una velocidad de varios Gb por segundo; tenemos que subirnos a esa ola antes de que nos arrastre a todos. Ahora, más que nunca, necesitamos un poco de imaginación en el poder, pero con todas las letras.

 

La calle del bien y del mal Abril 14, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 4:09 am
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¿Nunca se paralizaron frente a la ambigüedad? Cuando uno es chico, se le presenta la realidad despojada de sombras y matices para más o menos no largarlo perdido hacia la neblina. Lindo, feo; bueno, malo; alto, flaco; verdad, mentira. Sin embargo, el tiempo se encarga de hacernos tropezar con situaciones opacas y difusas en las que uno no puede más que tantear en lo oscuro deseando no equivocarse de camino. La paleta de los grises se le llama, ¿no?

 Estos días me estoy dando el placer de hojear Crónicas del Ángel Gris por segunda vez. Hacía unos meses que no lo agarraba, pero había un pasaje que me quedó zumbando en la cabeza desde que lo leí. Se llama “La calle del bien y del mal” y pertenece al relato Literaturas del Ángel Gris. Se los voy a regalar, aunque les recomiendo que lean el libro. Libre de desperdicio, se los aseguro:

 

 

Nito D’Alesio

 

            Literato aficionado de Monte Castro. Fue empleado municipal, como lo permiten colegir sus manuscritos, siempre estampados en el revés de formularios de la intendencia:

 

La calle del bien y del mal

 

            Como bien sabemos, la cuadra del Ángel Gris está en la calle Artigas entre Bogotá y Bucaray. Sucede allí algo muy particular: en una de las veredas no es posible ser bueno. En la otra es imposible ser malo.

            Una noche pasé con una muchacha rubia por la vereda del oeste. La arrinconé en un umbral oscuro, la besé con pasión y logré poseerla allí mismo.

            Después cruzamos la calle. Y mientras caminábamos por la vereda oriental, le pedí que me olvidara y la abandoné para siempre.

            En la cuadra del Ángel Gris hay dos veredas. En una no es posible ser bueno, en la otra no se puede ser malo. Aún no tengo decidido cuál es cuál.

 

DOLINA, Alejandro. “Crónicas del Ángel Gris”, Editorial Colihue, Buenos Aires, 2006, p.68.

 

El Kuelgue con K Abril 14, 2008

Archivado en: Inquietud — cataneyra @ 1:13 am
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En estos días no me senté a escribir. No tuve tiempo en realidad, estuve siguiendo los eventos que invadieron todas las conversaciones y a los medios de comunicación argentinos por el último mes. Hubiera sido bueno sin embargo decir algo. Hubiera sido hasta necesario dejar una opinión, asentar argumentos y finalmente decir algo. Pienso que en momentos como estos es muy importante escuchar. Y cuando digo escuchar, me refiero a cada una de las distintas voces que se empujan y se apelmazan en el aire intentando sofocarse entre sí. Bueno yo hice eso, pero me quedé a mitad de camino. Escuché, analicé, presté atención y le brindé el merecido tiempo a informarme sobre el conflicto desde cada punto de vista. Después me colgué.

Hay que acostumbrarse a no sólo escuchar, sino a participar. Debería saberlo, soy estudiante de periodismo y esa palabra, aparte de haberla leído en por lo menos 200 apuntes y libros distintos, es la marcada peculiaridad que nos hace libres y democráticos. ¿No era así? Nuestro inalienable derecho de participar activamente de nuestro presente y futuro como Nación. Sin embargo, a pesar de que en este país nos gusta escuchar mucho nuestras voces fuerte y alto, creo que no tenemos una conciencia muy clara de lo que este tal “derecho” significa. Creo que a veces nos enojamos con él (o nos conformamos) y lo convertimos en una obligación. Es cierto que no es un derecho ligero de cargar, para nada. Pero tampoco lo es nuestra libertad.

No obstante, esta vez fue distinto. Esta vez encontré ciudadanos que gritaban porque escuchaban a otros, no a sí mismos. Podrán disculparme que no me valga de célebres líderes de opinión pública hoy, es me gustó mucho cómo lo describió Charly García en la radio el día después del primer discurso de la Presidenta: “Es raro cómo los argentinos cuando hacen una batucada desafinan y suenan como solistas”. Acá es donde, creo yo, nuestra Presidenta se equivocó. Considero que fue válido el hecho de mantenerse firme ante la situación; nadie quiere un presidente débil, nosotros los argentinos lo sabemos muy bien. Pero tampoco queremos un presidente que no escuche, o que escuche lo que quiera. Hoy por hoy, luego de la primera reunión el viernes, me quedo más tranquila porque me doy cuenta de que de a poquito está parando la oreja. Igualmente, me da mucho miedo que se tape los oídos con otras voces. O peor, que tape los nuestros.

En fin, trataré de no colgarme más y poner en práctica este derecho con sabor a deber tan importante y democrático. Espero que la Presidenta no se kuelgue, o no me kuelgue.

 

Picadura de blog Marzo 23, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 6:19 am
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A Chagas.

Cuando hoy leí “La civilización del espectáculo” en el blog me quedó titilando en la cabeza. De una, decidí que iba a ser ése el artículo en el cual dejaría mi Carta de Lector (ya venía pensando en el formato desde la primera vez que comencé a visitarlo). Este artículo de Vargas Llosa habla sobre el periodismo actual y cómo la espectacularización de la noticia tiene como consecuencia la desinformación. Lo leí, armé mi opinión y redacté mi comentario acorde. Después volví a mis apuntes.

El resaltador se me había acabado, odio cuando me pasa eso en el medio de un fin de semana. Ni un puto quiosco abierto donde poder comprar un repuesto. Completamente desconcentrada me fui a cocinar. Creo que hoy van a ser resortes con tuco. Sí, no hay nada más. Mientras el agua hierve voy a chequear mis mails. Entonces lo encuentro. Dejé la ventana del blog abierta y me respondieron. Qué hijo de puta! Encima me lo remata con el slogan de Obama. Change, we can believe in. Coincido con él, es cierto lo que dice. Pero le quiero responder, algo me hace ruido y no me lo puedo sacar de la cabeza.

Batallo con el teclado y, una hora después más o menos, amago insegura una segunda exposición. Es que sé que tiene razón y, aún así, no lo puedo dejar pasar. Me pica y la única cura es rascarse el marote hasta que salga otro argumento.

Ya cerré la ventana de Chagas y me desconecté. Ahora me quedo pensando…¡qué buen título se echó!

 

Ver antes de leerme Marzo 18, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 3:21 am
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 Negociemos

Estaba viendo el otro día el blog de Tute, un humorista gráfico que me intriga muchísimo Creo que la capacidad de síntesis que tienen sus dibujos es casi inalcanzable. Con un cuadro me muestra sentimientos, situaciones por las que he pasado sin poder haberlas explicado ni sacado del pecho ni con todo un arsenal de palabras estampadas en la hoja.

Este lo hizo con el motivo de la muerte del Negro Fontanarrosa y, la verdad, cuando lo ví fue como una piña directa al pecho. En un cuadro con una palabra recreó una escena infinitamente real y humana. ¿Cuántas veces, agotados, desconcertados, paralizados, desesperados ante cosas que no podemos cambiar, nos hemos plantado firmes de cara al cielo con esa propuesta bailando en la lengua? Negociemos; charlemos este devenir que hoy me pone demasiado triste.

Ahora, podríamos entrar en debates teológicos y discutir hasta con nosotros mismos miles y miles de teorías religiosas. Podríamos quemarnos los ojos con pruebas para satisfacer nuestra fe o la falta de ella. Y hasta podríamos esconder todas nuestras incertidumbres, nuestra inevitable duda (la que fuera que tengamos) y terminar cada día con una sonrisa en la boca y una mentira en el alma.

Yo hoy prefiero quedarme con esa irremediable impotencia de Tute.                           Negociemos.

 

Puntos Suspensivos Marzo 16, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 8:34 pm
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Estaba sentada en ese mismo bar como todas las tardes. El diminuto cuadradito ubicado en la mitad de cuadra de la mano izquierda. Allí, escondida entre los árboles y el empedrado del Boulevard Cheneaut, elegía siempre  la mesita redonda del medio. No le gustaba entrar al bolichón porque aparentemente era muy chico y las peceras gigantes ubicadas a la entrada se le venían encima justo cuando caía la inspiración. Pidió el café habitual: fuerte y dulce con un chorrito de leche. Mientras llegaba, sacó el atado de Phillip de diez, pidió fuego a una extranjera de la mesa de al lado (ella nunca, pero nunca tiene fuego) y comenzó a entrelazar ideas.

       Para Ernestina el blanco de papel significaba luz verde. Avance, adelante. Como un cartel de esos que señalan el comienzo de una maratón: SALIDA. Jamás un obstáculo o una imprevista complicación. Es más, aguardaba con ansias insaciables los trabajos de la facultad o del laburo en los que le daban rienda libre para argumentar, describir o exponer algo. Cualquiera fuese el tema; desde el genocidio en el Cercano Oriente hasta el procedimiento de regar un bonsái. Durante esas ocasiones frente a la computadora, el palito negro del Word no daba abasto; de izquierda a derecha sin parar ni para titilar en un discutido trío de puntos suspensivos, que la hubiesen inquietado hasta decidirse finalmente por el siempre seguro punto y aparte.

Llegó el café. Lo trajo el petiso misterioso que a Ernestina no le caía muy bien. La primera vez que se había animado a pisar el barcito “Los Mellizos” la había atendido a ella y a Javier, su primo. No es que haya sido irrespetuoso o parco. Tampoco se trataba de esos increíblemente tediosos mozos que te explican toda su fundamentada opinión del menú del día. No, nada de eso. Este tenía algo en los ojos. Le suscitaba una extraña sensación parecida a la desconfianza, pero al mismo tiempo unida a una seguridad imperante de que aquel milenario personaje había estado demasiado tiempo en el barrio como para preocuparla en absoluto. Sea como fuere, prefería ser prudente en el trato y tacaña con la propina. (No quisiera abusar de los peligrosos puntos suspensivos, pero este sería un buen momento para agregar unos).

Bueno ché, basta de distracciones. Volvió la mirada a la mesa, tomó un sorbo de café, apagó el pucho y se dispuso a sacar los implementos. Desenfundó de la cartuchera la lapicera negra que le había regalado su mamá (era la que tenía el mejor trazo), sacó el cuaderno de hojas cuadriculadas de su bolso marrón y desempolvó la ya conocida hoja en blanco. ¿Cómo podía ser que ahora, cuando encontraba el tiempo, cuando por fin podía darse el lujo de escribir lo que quisiera, las palabras de mierda no le caminaban ni para atrás? Nada, ni siquiera el ruido cotidiano del tránsito penetraba la impoluta página. Porque el ruido y el caos muchas veces son prólogo de creación. Sin embargo, hacía ya un rato que en la cabeza de Ernestina soplaba un viento vacío. Éste, sostenía monótona una nota aguda y constante, tapaba todo indicio de una idea original y, sobre todo, rompía tanto las pelotas…Era como si la ciudad entera bajara el volumen otorgándole al viento el papel de concertino en la orquesta de su mente justo cuando se le antojaba escribir porque sí. Sin las consignas, las responsabilidades, era particularmente difícil aquello de alinear las oraciones…

Se disponía a sacar el último Phillip del paquete cuando, al ver que no tenía fuego, se acercó el petisito con un encendedor color azul y se lo prendió frente a la cara. –Nunca tenés fuego encima nena…así se te va a complicar siempre. Tomá, quedate este que yo tengo otro.– Ernestina levantó la vista lentamente, sonrió y le agradeció. Luego, como un extraño que pisa por primera vez un lugar desconocido, empezó a mirar alrededor con esos ojitos inquisidores color marrón oscuro. Todo el escenario vespertino…el de todos los días…los árboles que desplegaban sobre ella paletas imposibles…los vecinos repitiendo conversaciones, caminos, palabras…casi sin memoria, pero bañados de un pasado familiar y cotidiano…los edificios…los autos…los perros…miles y miles de colillas de cigarrillo en la zanja de la vereda…

Terminó el café de un certero trago y volvió la mirada a los temidos cuadraditos del cuaderno. Tal vez ahí se dio cuenta de que lo que buscaba no estaba escondido debajo de la mesita redonda…tal vez la escondida era ella…ahí…entre los cascotes de la calle que recién ahora parecía descubrir…

A eso de las nueve la luz ya se había ido. Pagó, guardó sus cosas (el encendendedor azul también) y emprendió viaje. Ah, eso sí, esta vez le dejó propina al petiso, al que saludó con la mano mientras cruzaba la calle empedrada.