De vez en cuando…

Un puñado de ideas para compartir

Puntos Suspensivos Marzo 16, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 8:34 pm
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Estaba sentada en ese mismo bar como todas las tardes. El diminuto cuadradito ubicado en la mitad de cuadra de la mano izquierda. Allí, escondida entre los árboles y el empedrado del Boulevard Cheneaut, elegía siempre  la mesita redonda del medio. No le gustaba entrar al bolichón porque aparentemente era muy chico y las peceras gigantes ubicadas a la entrada se le venían encima justo cuando caía la inspiración. Pidió el café habitual: fuerte y dulce con un chorrito de leche. Mientras llegaba, sacó el atado de Phillip de diez, pidió fuego a una extranjera de la mesa de al lado (ella nunca, pero nunca tiene fuego) y comenzó a entrelazar ideas.

       Para Ernestina el blanco de papel significaba luz verde. Avance, adelante. Como un cartel de esos que señalan el comienzo de una maratón: SALIDA. Jamás un obstáculo o una imprevista complicación. Es más, aguardaba con ansias insaciables los trabajos de la facultad o del laburo en los que le daban rienda libre para argumentar, describir o exponer algo. Cualquiera fuese el tema; desde el genocidio en el Cercano Oriente hasta el procedimiento de regar un bonsái. Durante esas ocasiones frente a la computadora, el palito negro del Word no daba abasto; de izquierda a derecha sin parar ni para titilar en un discutido trío de puntos suspensivos, que la hubiesen inquietado hasta decidirse finalmente por el siempre seguro punto y aparte.

Llegó el café. Lo trajo el petiso misterioso que a Ernestina no le caía muy bien. La primera vez que se había animado a pisar el barcito “Los Mellizos” la había atendido a ella y a Javier, su primo. No es que haya sido irrespetuoso o parco. Tampoco se trataba de esos increíblemente tediosos mozos que te explican toda su fundamentada opinión del menú del día. No, nada de eso. Este tenía algo en los ojos. Le suscitaba una extraña sensación parecida a la desconfianza, pero al mismo tiempo unida a una seguridad imperante de que aquel milenario personaje había estado demasiado tiempo en el barrio como para preocuparla en absoluto. Sea como fuere, prefería ser prudente en el trato y tacaña con la propina. (No quisiera abusar de los peligrosos puntos suspensivos, pero este sería un buen momento para agregar unos).

Bueno ché, basta de distracciones. Volvió la mirada a la mesa, tomó un sorbo de café, apagó el pucho y se dispuso a sacar los implementos. Desenfundó de la cartuchera la lapicera negra que le había regalado su mamá (era la que tenía el mejor trazo), sacó el cuaderno de hojas cuadriculadas de su bolso marrón y desempolvó la ya conocida hoja en blanco. ¿Cómo podía ser que ahora, cuando encontraba el tiempo, cuando por fin podía darse el lujo de escribir lo que quisiera, las palabras de mierda no le caminaban ni para atrás? Nada, ni siquiera el ruido cotidiano del tránsito penetraba la impoluta página. Porque el ruido y el caos muchas veces son prólogo de creación. Sin embargo, hacía ya un rato que en la cabeza de Ernestina soplaba un viento vacío. Éste, sostenía monótona una nota aguda y constante, tapaba todo indicio de una idea original y, sobre todo, rompía tanto las pelotas…Era como si la ciudad entera bajara el volumen otorgándole al viento el papel de concertino en la orquesta de su mente justo cuando se le antojaba escribir porque sí. Sin las consignas, las responsabilidades, era particularmente difícil aquello de alinear las oraciones…

Se disponía a sacar el último Phillip del paquete cuando, al ver que no tenía fuego, se acercó el petisito con un encendedor color azul y se lo prendió frente a la cara. –Nunca tenés fuego encima nena…así se te va a complicar siempre. Tomá, quedate este que yo tengo otro.– Ernestina levantó la vista lentamente, sonrió y le agradeció. Luego, como un extraño que pisa por primera vez un lugar desconocido, empezó a mirar alrededor con esos ojitos inquisidores color marrón oscuro. Todo el escenario vespertino…el de todos los días…los árboles que desplegaban sobre ella paletas imposibles…los vecinos repitiendo conversaciones, caminos, palabras…casi sin memoria, pero bañados de un pasado familiar y cotidiano…los edificios…los autos…los perros…miles y miles de colillas de cigarrillo en la zanja de la vereda…

Terminó el café de un certero trago y volvió la mirada a los temidos cuadraditos del cuaderno. Tal vez ahí se dio cuenta de que lo que buscaba no estaba escondido debajo de la mesita redonda…tal vez la escondida era ella…ahí…entre los cascotes de la calle que recién ahora parecía descubrir…

A eso de las nueve la luz ya se había ido. Pagó, guardó sus cosas (el encendendedor azul también) y emprendió viaje. Ah, eso sí, esta vez le dejó propina al petiso, al que saludó con la mano mientras cruzaba la calle empedrada.