Este es el comienzo de un experimento. Hace aproximadamente un año, hemos estado lucubrando con una amiga un pequeño escape. No hay nada de qué preocuparse. Ni órdenes de arresto, ni viejos amigos psicóticos, ni conciencias intranquilas de las cuales huir. O tal vez sí…El caso es que este viaje ha sido durante todo este tiempo la causa de mis desvelos, llantos y llamados desesperados a la madrugada. Sin embargo, sin más ni menos, de a poquito se nos asoma. Hasta ahora las planificaciones se han materializado en 13 mails, 236 cigarrillos (aprox.), 49. 56 litros de cerveza y un pasaje de avión hacia Lima. O por lo menos así era hasta el 14 de octubre. Sí señor; en mi cabeza había repasado la lista de equipaje varias veces. No obstante, se me había olvidado lo más importante: un cuaderno para escribir. Dentro de alguna zapatilla, enredado entre las mangas de alguna remera. O quizás escondido en la capucha de mi campera impermeable. No sé. El caso es que ya lo tengo. Una valija para mis pensamientos. Mis disculpas por el desorden. Nunca supe doblarlos bien.
Hoy es miércoles y todavía Buenos Aires. No terminé de cursar y para mis vacaciones faltan varias horas de angustia. ¿Por qué escribo acá, entonces? ¿Por qué rompo la diáfana promesa de esta hoja en blanco? De este cuaderno comprado como manual de instrucciones. “Para-escribir-en-Perú”. Podría contentarme con redundancias y decir que es el entusiasmo, las ansias, las ganas que se me salen del cuerpo como palabras. Puedo decir también, que me gusta mucho mi cuaderno nuevo. Que soy como una nena a la que le acaban de regalar un juguete y no puede esperar a comenzar a descubrilo ni un minuto más. Todo eso es cierto y es normal que así sea.
Pero no es lo que quiero decir. Escribo porque este momento también forma parte de mi viaje. Aunque Buenos Aires. Aunque facultad, barsucho y café. Aunque seis de la tarde, miércoles y octubre. Hoy decidí que lo planeado no sería tiempo, sino SUSTANCIA. Palabra rota, palabra al viento, palabra atada con alambres. Perú, por lo menos el que a mí me espera, no nacerá un 27 de diciembre. Ya existe. Existe en mi cabeza. Hace la plancha en mis pensamientos cada día. Ha llorado conmigo cuando las monedas me ahogaban, saboreó la cerveza durante las noches. Incluso me robó unos cuantos cigarrillos.
Hoy, entonces, quiero decir que me declaro en camino. Ya llego, no falta mucho.

Al llegar en Ezeiza aquel 4 de marzo de 2008, después de unas 13 horas pasadas llenándome la cabeza con ensoñaciones, me di cuenta de lo mismo que vos: se me había olvidado el cuaderno. No obstante yo ya había aterrizado a unos 12000 kilómetros de París. Pocos días después, me compré varios. 5 meses más tarde, eran enteramente negros, no por intervención divina sino, más prosaicamente por los apuntes… ¡Qué trágico esto!
Ahora sé por qué se me olvidó: inconscientemente, ya sabía que la América Latina me iba a fascinar. Y Encantarme también, hasta tener ganas de volver (no con la frente marchita, como lo dice el tango, sino entusiasmo) y así tener la oportunidad de escribir algunas notas de viaje, ¡che!, quizás partiendo de Rosario con una poderosa Norton 500 a recorrer un continente en que la hospitalidad es reina.
Me falta poco, solamente 5 meses…
Yo vi ese lindo cuaderno recien comprado.
A tu regreso quiero una nueva presentación del mismo.
¿ Lo reconocere?
En el mismo lugar donde lo vi por primera vez ¿te parece?
Claro que me parece. En el mismo lugar será.
Nos reconoceremos nosotras? No se por qué, pero estoy segura de que sí.
Hay que aprovechar la emoción de los viajes y el miedo a los desconocido… Este verano estamos iguales
Yo no tengo cuaderno aún pero soy una apestosa nativa digital. Creo que necesitaría una notebook…
A ver cuando nos vemos amiga,
Aunque sea en boletos de colectivo, pero algo y de alguna forma me vas a escribir para cuando nos reencontremos luego de nuestras escapaditas…
ahí nomás estamos, amiga