HEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!! Y yo que me estaba acomodando en la rutina del pensar sin conciencia. Mis piernas por fin comenzaban a moverse. Mis hombros ya se iban acostumbrado al peso de la mochila. Los ruidos me invadían justo a tiempo. Las personas hablaban y mi atención finalmente cedía al desinterés. Justo cuando los vagones empezaban a avanzar.
Lo escuché distraída. No lo esperaba, es cierto. Pero el estrépito del grito no me fue fortuito. Todo lo contrario. Se arrimó como un murmullo de esos que insinúan los auriculares de los pasajeros. Sabía que no podía significar otra cosa y que si paraba la oreja la melodía se haría presente. Certera, filosamente real. Es que hay sensaciones que sólo nos acarician cuando hay música. Los ojos no sirven. Las manos no pueden más que vacilar torpes en el espacio. Simplemente se debe escuchar y existir en el contrapunto. Parece un viaje infinito, es cierto. Parece que se multiplica el zig zag. De repente el túnel se ilumina al compás de las guitarras y tambores. Catedral, Tribunales, Carranza, Palermo, Juramento, Bulnes, Agüero. Caos de estaciones. Todas y ninguna, eso ya no importa. Sólo una monedita. PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII. ¿La próxima es Facultad de Medicina?
Y después el pasajero se baja. Las puertas se abren complacientes para permitirle el paso. Ésta sea tal vez la triste certeza del subte. El pasajero siempre bajará. No importarán las orquestas, o los gritos. Ni siquiera qué tan pesada sea mi mochila. No existirán místicas palabras que impidan el hecho fatal. La música no será más que notas al aire.
¿Y a fin de cuentas? Catedral-Congreso-Catedral-Congreso. El subte no hace curvas cerradas.
