El sábado, por fin, después de pensarlo, meditarlo, proponérmelo cien veces con la cabeza en la almohada, fui a ver mi primer programa en vivo de La Colifata. Que qué tal? Al principio aterrador. Llegamos y los pasillos del hospital parecían cerrarse a medida que avanzábamos. Completamente indefensas y con muy pocos cigarrillos para tramitar nuestra libertad, caminamos para adelante sólo porque ya estábamos ahí, creo. Sin embargo llegamos al parque, a la casita de material adornada de cables y coronas de sillas blancas. Claudia Alejandra fue la primera que nos vio y decidió recibirnos. Una Colifata oficial con una sonrisa desnuda y completamente transparente. Sincera, como si se escapara del cuerpo.
En ese momento me pregunté: ¿a qué le tenés miedo? ¿a lo que puedan hacer o decir? ¿O simplemente te da miedo encontrarte en ellos? En esas certezas delirantes que a veces disparan sin pudor. “Yo soy Napoleón”. “Yo siempre fui loco”. ¡Y claro! ¿Cómo no nos vamos a encontrar en ellos? Si estamos hechos de lo mismo . Yo descubrí que la diferencia está en el modus. De su angustia ellos hacen metáfora, crean, dicen, comunican. Buscan una y otra y otra vez. Como una amiga mía sabe decir, cazan ideas; acarician el pensamiento que surge en el delirio. Nosotros muchas veces nos escondemos detrás de él. Detrás de las palabras, de los cuadernos, diarios, pantallas, amigos, saludos, teclados, miradas, anteojos, canciones. Nos escondemos. Otro tipo de locura, pensé.
En fin, muchas gracias! Pienso volver.

