De vez en cuando…

Un puñado de ideas para compartir

“Y, sin embargo, Ismael sigue navegando” Agosto 7, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 3:37 am
Tags: , , , ,

 

 

“No se qué nos guía (…), pero lo cierto es que deseamos seguir ese camino (en el que tan fácil resulta morir) (…)”. Así eligió Ryszard Kapuscinski describir la sacudida que él y los periodistas Jarda Boucek y Dusan Provaznik experimentaron a lo largo de su quimérico viaje rumbo a El Congo. ¿La época? Acontecían días de julio de 1960; aquella década que traería consigo explosiones culturales, políticas, filosóficas. ¿El libro? La Guerra del Fútbol y otros reportajes. Una recopilación de artículos en los que el periodista se adentró sin tapujos ni anestesias dentro de las complejas realidades de África y América. Y no hablo de introducirse como lo haría un lector voraz frente a las infinitas bibliotecas de Borges. Tampoco evoco piletas, bañaderas o ríos donde zambullirse. Ni siquiera mares. Uso el verbo “adentrar” como quien penetra una selva espesa, ignota y espeluznante. Como el soldado que atraviesa la línea de fuego sin nada más que sus piernas cansadas. Desarmado, aterrorizado, confundido. Pero, inexplicablemente, empujado por una fuerza poderosa que lo obliga a avanzar. Que lo asalta insistente en el medio de las tripas y le dice: seguí adelante, no pares. ¿Cuál fue este temerario impulso? Su necesidad de entender a las personas, descubrir culturas, revelar las causas, comprender realidades. Buscar la verdad. Así fue (o es). Para Ryszard Kapuscinski el periodismo nunca fue una labor u oficio. Fue una forma de vida.

En estos escritos mencionó constantemente aspectos del trabajo del corresponsal. A menudo se mezclaban las sensaciones. Felicidad, orgullo, abatimiento, enojo. Sin embargo me sorprende una idea suya, allá por la página ciento setenta y pico: “Y es que nuestra profesión recuerda el trabajo del panadero: sus bollos conservan el sabor mientras están calientes y recién hechos; a los dos días, se vuelven duros como una piedra, y a la semana, cuando se cubren de moho, ya no sirven sino para ser arrojados a la basura.” Con esa desopilante sencillez me pareciera escuchar a un hombre que no intentó cambiar al mundo con un párrafo, o volarnos la cabeza de un disparo de primicias. Tal vez sea esto lo que enternezca y deslumbre de su prosa: la profunda humanidad. Kapuscinski eligió vivir el periodismo del arrojo, la humildad y el compromiso. “(…) debe pensar, sí, pensar y otra vez pensar.” Un verdadero carpintero de la palabra. O mejor dicho, panadero.

Ahora me dispongo a acompañarlo en sus peripecias por Latinoamérica, y me da hasta miedo descubrirla con sus ojos. Según él, “(…) un mundo que no se puede atravesar con la cabeza fría y el corazón indiferente.” Ácido e incisivo, pero al mismo tiempo responsable en el discurso. Un cóctel desfachatado de ironía y rigurosidad. Habló de la clave que decifra nuestro enigma: el  barroco. “Se trata de un barroco entendido no sólo como un estilo de crear y de pensar sino también como una superabundancia y un eclecticismo generalizados.” ¿Y qué le puedo decir? Si tuvo razón; con nosotros siempre se trató de la exuberancia hasta el empacho. Montañas imposibles y llanuras absolutas. De la aridez que quiebra la tierra a la humedad desorbitante. Indios, españoles, anglosajones, africanos, portugueses, franceses, italianos. Deportes que desatan pasiones combativas. “Allí están todas las orientaciones ideológicas, posibles e imposibles, y toda clase de partidos políticos. El exceso de riqueza y el exceso de miseria. Gestos solemnes y un lenguaje rico en florituras (muchísimos adjetivos).”  Acuse de recibo, don Kapuscinski. Como usted dice: “Aquí lo real está mezclado con lo fantástico, la verdad con el mito, y el realismo con la retórica.”

Y se me acabaron las páginas. Estoy cansada pero entusiasmada. Me quedé llena de proyectos, preguntas, reproches y ambiciones (¿o será que mi tierra esta hablando por/a mí?). Lo único que me queda es seguir pensando y escribiendo. ¿O no, querido polaco? Atenta, como marinero en alta mar. Persiguiendo ballenas inmensas que seguramente acabarán arremetiendo contra nosotros. Ahora estoy segura. No tiene desperdicio.