Hoy no vengo a jugar al revisionismo o reduccionismo histórico. Tampoco tengo como intención desplegar una desbaratada y patética demostración de megalomanía. Hoy ni siquiera vengo en calidad de escritora. Tal vez sí se acusen aquí sentimentalismos. Puede que que tengan razón. Por otro lado, esta es una aparición en el espacio público y, por lo tanto, una elección política. Es por ello que también podrán calificar este acto de “evasivo de la realidad”. Con tantos conflictos; tantos campamentos en la Plaza de los Dos Congresos. Tantos revuelos en el mundo. Tendré que correr esos riesgos.
En fín, sin más exordios, hoy, 27 de junio del 2008, me presento en calidad de nieta. Nieta de Catalina, quien hoy cumple 70 años.
Mi regalo es un recuerdo. El de siempre. El de ella.
No se a cuántas fiestas me habrá llevado. Tal vez ocho o nueve. De lo que sí estoy segura es de que no tengo en mi memoria un 25 de mayo al que le hayan faltado esas funciones llenas de olor a pastelitos, paredes enteladas, y besos de labios empastados con rouge.
Las organizaba la Asociación Entrerriana; un club al que mi abuela se afilió luego de mudarse a Capital Federal, hará unos 30 años atrás. Ahí había encontrado la estabilidad, el apoyo y la alegría que se había olvidado en Entre Ríos, junto con un par de sombreros y sus guantes de gamuza color salmón. En ese pequeño círculo se encontraban todos los amigos que la acompañarían durante su vida en la extraña urbe. Todavía hoy no puedo creer el aprecio y afecto incondicional que le tienen.
El caso es que para mí asistir a esas fiestas era como disfrazarme y entrar en una obra de teatro de época. El vestido, el edificio afrancesado, las charlas estereotipadas y predefinidas llenas de palabras coloquiales. Hasta los invitados, esos amigos de mi abuela, me parecían personajes extremadamente pintorescos con su maquillaje y su ropa de salir. En particular el olor penetrante y excesivamente dulce con el que se presentaban, incluso antes de entrar al salón. Toda una puesta en escena.
Sin embargo, más allá de todo había una sola cosa que me hacía desviar la mirada del atrayente espectáculo a mi alrededor. Una sola y pequeña imagen arrebataba mi atención por más que los policromáticos vestidos confundieran a los ojos. Los labios de mi abuela. Únicamente ese rojo carmín imperioso que coloreaba la boca de la Negrita Yáñez era el que me hacía sentir en casa, incluso dentro del circo criollo de esa Asociación. Creo que todavía hoy, cuando me pierdo en el desorden circense del afuera, intento recordar ese carmín. Ese que, aunque ahora decore mis labios, trae como una pincelada la ingenua seguridad de la infancia.
muy lindo cata! que cosa la memoria, todo un mundo creado con fragmentos de nuestra historia. me encanta el ambiente que le diste al final. un beso!
Muchas gracias Fran!
en un dibujo de Tute leí que los recuerdos eran el teatro de la vigilia…linda forma de verlo, no??
Besos!!
A no perder los labios color carmín. Tampoco la seguridad que da la infancia.
Un lindo tributo
A seguir, entonces, recordando. Me encantó.
Me encanto, y las palabras quedan cortas. CatalinDAS son unicas las dos.
Te quiero amiga!!
Ie!! Muchas gracias amiga!!
Estas palabras atrevidas que no delatan y nos esconden che!!
Vos me entendés (siempre)…jaja!