De vez en cuando…

Un puñado de ideas para compartir

Catalina, la grande Junio 27, 2008

Archivado en: recuerdos y otras chauchas — cataneyra @ 3:18 am
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Hoy no vengo a jugar al revisionismo o reduccionismo histórico. Tampoco tengo como intención  desplegar una desbaratada y patética demostración de megalomanía. Hoy ni siquiera vengo en calidad de escritora. Tal vez sí se acusen aquí sentimentalismos. Puede que que tengan razón. Por otro lado, esta es una aparición en el espacio público y, por lo tanto, una elección política. Es por ello que también podrán calificar este acto de “evasivo de la realidad”. Con tantos conflictos; tantos campamentos en la Plaza de los Dos Congresos. Tantos revuelos en el mundo. Tendré que correr esos riesgos.

En fín, sin más exordios, hoy, 27 de junio del 2008, me presento en calidad de nieta. Nieta de Catalina, quien hoy cumple 70 años. 

Mi regalo es un recuerdo. El de siempre. El de ella.

No se a cuántas fiestas me habrá llevado. Tal vez ocho o nueve. De lo que sí estoy segura es de que no tengo en mi memoria un 25 de mayo al que le hayan faltado esas funciones llenas de olor a pastelitos, paredes enteladas, y besos de labios empastados con rouge.

Las organizaba la Asociación Entrerriana; un club al que mi abuela se afilió luego de mudarse a Capital Federal, hará unos 30 años atrás. Ahí había encontrado la estabilidad, el apoyo y la alegría que se había olvidado en Entre Ríos, junto con un par de sombreros y sus guantes de gamuza color salmón. En ese pequeño círculo se encontraban todos los amigos que la acompañarían durante su vida en la extraña urbe. Todavía hoy no puedo creer el aprecio y afecto incondicional que le tienen.

El caso es que para mí asistir a esas fiestas era como disfrazarme y entrar en una obra de teatro de época. El vestido, el edificio afrancesado, las charlas estereotipadas y predefinidas llenas de palabras coloquiales. Hasta los invitados, esos amigos de mi abuela, me parecían personajes extremadamente pintorescos con su maquillaje y su ropa de salir. En particular el olor penetrante y excesivamente dulce con el que se presentaban, incluso antes de entrar al salón. Toda una puesta en escena.

Sin embargo, más allá de todo había una sola cosa que me hacía desviar la mirada del atrayente espectáculo a mi alrededor. Una sola y pequeña imagen arrebataba mi atención por más que los policromáticos vestidos confundieran a los ojos. Los labios de mi abuela. Únicamente ese rojo carmín imperioso que coloreaba la boca de la Negrita Yáñez era el que me hacía sentir en casa, incluso dentro del circo criollo de esa Asociación. Creo que todavía hoy, cuando me pierdo en el desorden circense del afuera, intento recordar ese carmín. Ese que, aunque ahora decore mis labios, trae como una pincelada la ingenua seguridad de la infancia.

 

Secuestrada por Corcheas Junio 12, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 4:22 am
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Fue en el pasillo de mi edificio. Era de noche; tarde, más o menos las 2. Kate, mi vecina, estaba despidiendo a su roomate alemán, que volvía a casa luego de 1 mes en la Argentina. Yo había estado estudiando (o evadiendo) todo el día historia, y se me había antojado un cuarto de helado (no sé por qué; en realidad hacía frío). Salí de casa y me disponía a esperar el ascensor, cuando lo sentí. Las guitarras se escapaban eufóricas por las bisagras de la puerta de al lado. Después me dijeron que la canción se llamaba Ixtapa, pero en aquel momento me paralicé. Era poderoso, casi irreal. Tenía que saberlos, verlos. Todo un ejército de corcheas me había atrapado. Hola! Ehh disculpame, soy tu vecina de al lado. No pude evitar escuchar la música…¿qué es? Oh hola! Pasa, pasa. Rodrigo y Gabriela se llaman.

Así, sin piedad. Como a las 2 de la madrugada de un día perdido de febrero, me conquistaron. Rodrigo y Gabriela. ¿Los conocías?

Capitan Casanova – Rodrigo y Gabriela

Stairway To Heaven (Led Zeppelin) – Rodrigo y Gabriela

 

 

 

 

Para sonreir en el bondi Junio 5, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 4:29 am
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Con una amiga decimos que existe un libro para cada cosa. Está, por ejemplo, el libro de vacaciones. Ese magnánimo e imponente gordito, cuyas páginas más que devorarse se saborean despacio; algunos dirían que con cautela. Paciente y taciturno, por otro lado, espera todas las noches en la mesita de luz el de tapa dura. Imposible de trasladar, como un baúl impenetrable de palabras que necesitan de todo nuestro tiempo y alma para hacerse carne, para atravesarnos. Sin embargo, el que yo considero trascendental, perentorio, decisivo, es el libro de la calle. Preferentemente de formato pequeño, buen encuadernado, tapas ni muy blandas ni muy duras. No es necesario que despliegue un lenguaje muy florido o articulado. Tampoco se exige como norma la existencia de personajes complejos, grandiosos, metafísicos. Solo un pedido: la sonrisa desnuda. Así nomás. Aunque el bondi esté lleno y el colectivero te haya tratado mal. Aunque te hayas quedado dormido. Aunque en la mañana fría esa descabellada baldosa floja se haya cruzado en tu camino. Como un tobogán y sin preámbulos, una impúdica y vasta sonrisa.

¿El mío? Historias de Cronopios y de Famas de Julio Cortázar. ¿El tuyo?

“Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta de ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.”

CORTÁZAR, Julio. Historias de cronopios y de famas. Punto de Lectura. Buenos Aires. 2007. p.12