De vez en cuando…

Un puñado de ideas para compartir

La calle del bien y del mal Abril 14, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 4:09 am
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¿Nunca se paralizaron frente a la ambigüedad? Cuando uno es chico, se le presenta la realidad despojada de sombras y matices para más o menos no largarlo perdido hacia la neblina. Lindo, feo; bueno, malo; alto, flaco; verdad, mentira. Sin embargo, el tiempo se encarga de hacernos tropezar con situaciones opacas y difusas en las que uno no puede más que tantear en lo oscuro deseando no equivocarse de camino. La paleta de los grises se le llama, ¿no?

 Estos días me estoy dando el placer de hojear Crónicas del Ángel Gris por segunda vez. Hacía unos meses que no lo agarraba, pero había un pasaje que me quedó zumbando en la cabeza desde que lo leí. Se llama “La calle del bien y del mal” y pertenece al relato Literaturas del Ángel Gris. Se los voy a regalar, aunque les recomiendo que lean el libro. Libre de desperdicio, se los aseguro:

 

 

Nito D’Alesio

 

            Literato aficionado de Monte Castro. Fue empleado municipal, como lo permiten colegir sus manuscritos, siempre estampados en el revés de formularios de la intendencia:

 

La calle del bien y del mal

 

            Como bien sabemos, la cuadra del Ángel Gris está en la calle Artigas entre Bogotá y Bucaray. Sucede allí algo muy particular: en una de las veredas no es posible ser bueno. En la otra es imposible ser malo.

            Una noche pasé con una muchacha rubia por la vereda del oeste. La arrinconé en un umbral oscuro, la besé con pasión y logré poseerla allí mismo.

            Después cruzamos la calle. Y mientras caminábamos por la vereda oriental, le pedí que me olvidara y la abandoné para siempre.

            En la cuadra del Ángel Gris hay dos veredas. En una no es posible ser bueno, en la otra no se puede ser malo. Aún no tengo decidido cuál es cuál.

 

DOLINA, Alejandro. “Crónicas del Ángel Gris”, Editorial Colihue, Buenos Aires, 2006, p.68.

 

El Kuelgue con K Abril 14, 2008

Archivado en: Inquietud — cataneyra @ 1:13 am
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En estos días no me senté a escribir. No tuve tiempo en realidad, estuve siguiendo los eventos que invadieron todas las conversaciones y a los medios de comunicación argentinos por el último mes. Hubiera sido bueno sin embargo decir algo. Hubiera sido hasta necesario dejar una opinión, asentar argumentos y finalmente decir algo. Pienso que en momentos como estos es muy importante escuchar. Y cuando digo escuchar, me refiero a cada una de las distintas voces que se empujan y se apelmazan en el aire intentando sofocarse entre sí. Bueno yo hice eso, pero me quedé a mitad de camino. Escuché, analicé, presté atención y le brindé el merecido tiempo a informarme sobre el conflicto desde cada punto de vista. Después me colgué.

Hay que acostumbrarse a no sólo escuchar, sino a participar. Debería saberlo, soy estudiante de periodismo y esa palabra, aparte de haberla leído en por lo menos 200 apuntes y libros distintos, es la marcada peculiaridad que nos hace libres y democráticos. ¿No era así? Nuestro inalienable derecho de participar activamente de nuestro presente y futuro como Nación. Sin embargo, a pesar de que en este país nos gusta escuchar mucho nuestras voces fuerte y alto, creo que no tenemos una conciencia muy clara de lo que este tal “derecho” significa. Creo que a veces nos enojamos con él (o nos conformamos) y lo convertimos en una obligación. Es cierto que no es un derecho ligero de cargar, para nada. Pero tampoco lo es nuestra libertad.

No obstante, esta vez fue distinto. Esta vez encontré ciudadanos que gritaban porque escuchaban a otros, no a sí mismos. Podrán disculparme que no me valga de célebres líderes de opinión pública hoy, es me gustó mucho cómo lo describió Charly García en la radio el día después del primer discurso de la Presidenta: “Es raro cómo los argentinos cuando hacen una batucada desafinan y suenan como solistas”. Acá es donde, creo yo, nuestra Presidenta se equivocó. Considero que fue válido el hecho de mantenerse firme ante la situación; nadie quiere un presidente débil, nosotros los argentinos lo sabemos muy bien. Pero tampoco queremos un presidente que no escuche, o que escuche lo que quiera. Hoy por hoy, luego de la primera reunión el viernes, me quedo más tranquila porque me doy cuenta de que de a poquito está parando la oreja. Igualmente, me da mucho miedo que se tape los oídos con otras voces. O peor, que tape los nuestros.

En fin, trataré de no colgarme más y poner en práctica este derecho con sabor a deber tan importante y democrático. Espero que la Presidenta no se kuelgue, o no me kuelgue.