¿Nunca se paralizaron frente a la ambigüedad? Cuando uno es chico, se le presenta la realidad despojada de sombras y matices para más o menos no largarlo perdido hacia la neblina. Lindo, feo; bueno, malo; alto, flaco; verdad, mentira. Sin embargo, el tiempo se encarga de hacernos tropezar con situaciones opacas y difusas en las que uno no puede más que tantear en lo oscuro deseando no equivocarse de camino. La paleta de los grises se le llama, ¿no?
Estos días me estoy dando el placer de hojear Crónicas del Ángel Gris por segunda vez. Hacía unos meses que no lo agarraba, pero había un pasaje que me quedó zumbando en la cabeza desde que lo leí. Se llama “La calle del bien y del mal” y pertenece al relato Literaturas del Ángel Gris. Se los voy a regalar, aunque les recomiendo que lean el libro. Libre de desperdicio, se los aseguro:
Nito D’Alesio
Literato aficionado de Monte Castro. Fue empleado municipal, como lo permiten colegir sus manuscritos, siempre estampados en el revés de formularios de la intendencia:
La calle del bien y del mal
Como bien sabemos, la cuadra del Ángel Gris está en la calle Artigas entre Bogotá y Bucaray. Sucede allí algo muy particular: en una de las veredas no es posible ser bueno. En la otra es imposible ser malo.
Una noche pasé con una muchacha rubia por la vereda del oeste. La arrinconé en un umbral oscuro, la besé con pasión y logré poseerla allí mismo.
Después cruzamos la calle. Y mientras caminábamos por la vereda oriental, le pedí que me olvidara y la abandoné para siempre.
En la cuadra del Ángel Gris hay dos veredas. En una no es posible ser bueno, en la otra no se puede ser malo. Aún no tengo decidido cuál es cuál.
DOLINA, Alejandro. “Crónicas del Ángel Gris”, Editorial Colihue, Buenos Aires, 2006, p.68.