Hoy me pasó algo glorioso. Cuando me volvía a casa de lo de una amiga me sorpredió saludando en el escaparate de un kiosquito de diarios perdido de Las Heras. Bajo la ilustración multicolor, el título: Notas de Prensa I. Obra periodística (1961-1984). Mientras que, en la parte superior de la tapa blanca se pavoneaba grandioso y solemne el autor: Gabriel García Márquez. Así nomás, como si nada. Todo sucio y lleno de polvo. Como escondido, como olvidado.
La obra periodística de García Márquez es tan o quizás más fascinante que su extraordinaria creación literaria. Por lo menos para mí, tener la posibilidad de ver con sus ojos acontecimientos como la Guerra de Malvinas, la muerte de Ernest Hemingway o la Revolución Cubana han abierto mis ojos en muchos aspectos. Una verdadera muestra del poder de la palabra. Ahí les dejo un pedacito para pasar un buen rato:
“Mis dos razones contra esta revista” (Publicado originariamente en mayo de 1977)
De modo que aquí está otra vez Alternativa. Vuelve después de un receso de casi cuatro meses que por supuesto nos sirvió para trabajar menos, para perder menos plata y tal vez para equivocarnos menos, pero también para reflexionar, como los curas de otros tiempos, sobre el destino de nuestras almas. Sin embargo, volvemos a salir otra vez como semanario y esta vez a veinte pesos. Lo que quiere decir que los retiros espirituales nos ayudaron a resolver muchos problemas, menos los dos que a mi modo de ver son la desgracia de esta revista: la frecuencia y el precio.
Quienes propugnábamos porque Alternativa se convirtiera en diario seguimos creyendo tener la razón. También siguen creyendo tenerla los compañeros que sustentaban la opinión contraria. Son ellos los que ganan, sin embargo, por la razón de peso completo de que ni los unos ni los otros, ni todos juntos, tenemos la plata que haría falta para hacer un diario. Es decir: no hay campanas. Era por ahí, desde luego, por donde hubiéramos debido empezar.
La revista ha sido un género desdichado en Colombia. Todas, de cualquier clase, han tenido el destino de los amores de verano y de los ministros de Educación: intenso y fugaz. La única que ha logrado perdurar por más de sesenta años a través de los azares de las peluquerías y los infartos mortales de los cambios de dueños, parece más bien una advertencia de Dios para escarmiento de ingenuos y temerarios. Tal vez sea que los colombianos no sabemos hacer revistas. Tal vez sea que no las sabemos leer. Pero tal vez sea solamente que el lapso de ocho días es un reto descomunal para la mala memoria histórica de los colombianos: cuando llega el sábado ya los lectores se han olvidado de la que fue su revista favorita el sábado pasado, de modo que ésta tiene que cautivar cada semana una clientela nueva que ni siquiera recordaba haber sido la misma clientela fugitiva de la semana anterior. Es triste pero cierto: cada semana compramos una revista diferente con la misma ilusión efímera e irrepetible con que cada cuatro años elegimos un presidente de la república. Así las cosas, es muy difícil implantar un semanario, y retener el interés de un público numeroso y comprensivo, y sensible además a una propuesta política distinta, mientras no se pueda competir todos los días, y en condiciones similares, con órganos de opinión que tienen en sus manos todos los poderes del poder. Las peleas de los sábados -los borrachos lo sabemos muy bien- no son más que pleitos de cantina.
El otro problema esencial es el precio. Sin grandes anuncios -que no queremos y que además nadie nos daría-, sin un partido político que nos sustente ni un centro mundial de poder que nos mantenga, ni una agencia central de inteligencia que nos subsidie para después poderlo decir, esta revista huérfana de padre y madre no se puede vender a menos precio y la amarga verdad, duélale a quien le duela, es que los lectores con posibilidades de gastarse veinte pesos en una revista no son los que más nos interesan. De manera que nos queremos dirigir a un público y en realidad llegamos a otro. Hacemos una revista para pobres que muchos pobres no pueden comprar. Tratamos de crear una conciencia popular, pero a nuestra clientela más accesible no le interesa tanto la justicia social como las vacaciones en Miami.
A pesar de eso, con la temeridad profesional y política que nos distingue de otros mortales más felices, aquí está otra vez Alternativa. Yo sigo estando en ella como siempre desde aquel septiembre casual y ya remoto de su fundación, porque creo que a pesar de sus dos problemas mayores es un órgano indispensable en las condiciones actuales del país y de la prensa de izquierda. Lo único nuevo es que no estaré siempre en toda la revista, sino que cada quince días estaré dentro de las cuatro paredes de esta columna personal, para decir lo que me dé la gana por mi propia cuenta. Hoy, por desgracia, no he tenido mucho tiempo para decirlo.
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. “Mis dos razones contra esta revista“. Notas de Prensa I, obra periodística (1961-1984). Editorial Sudamericana y Clarín. Buenos Aires. pp. 13-15.