De vez en cuando…

Un puñado de ideas para compartir

Llueve Diciembre 1, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 3:51 pm
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Llueve. Él supo decir mejor que yo…

“Hablen, tienen tres minutos”

De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un mo-
       mento,
y bebí una botella de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.

 

Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja
      de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de
      café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de es-
      ponja.

 

Máxime sabiendo
que pienso en, tí obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra repite interminable el gongo de la fiebre,
o el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora
      a hora.
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ter-
      nura.

 

Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntaste
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pastito, una pelusa.

CORTÁZAR, Julio.“Salvo el Crepúsculo”. 1984

lluvia

 

Buenos Aires, 15 de Octubre de 2008 Noviembre 19, 2008

Archivado en: Bitácora — cataneyra @ 1:53 am

Este es el comienzo de un experimento. Hace aproximadamente un año, hemos estado lucubrando con una amiga un pequeño escape. No hay nada de qué preocuparse. Ni órdenes de arresto, ni viejos amigos psicóticos, ni conciencias intranquilas de las cuales huir. O tal vez sí…El caso es que este viaje ha sido durante todo este tiempo la causa de mis desvelos, llantos y llamados desesperados a la madrugada. Sin embargo, sin más ni menos, de a poquito se nos asoma. Hasta ahora las planificaciones se han materializado en 13 mails, 236 cigarrillos (aprox.), 49. 56 litros de cerveza y un pasaje de avión hacia Lima. O por lo menos así era hasta el 14 de octubre. Sí señor; en mi cabeza había repasado la lista de equipaje varias veces. No obstante, se me había olvidado lo más importante: un cuaderno para escribir. Dentro de alguna zapatilla, enredado entre las mangas de alguna remera. O quizás escondido en la capucha de mi campera impermeable. No sé. El caso es que ya lo tengo. Una valija para mis pensamientos. Mis disculpas por el desorden. Nunca supe doblarlos bien.

Hoy es miércoles y todavía Buenos Aires. No terminé de cursar y para mis vacaciones faltan varias horas de angustia. ¿Por qué escribo acá, entonces? ¿Por qué rompo la diáfana promesa de esta hoja en blanco? De este cuaderno comprado como manual de instrucciones. “Para-escribir-en-Perú”. Podría contentarme con redundancias y decir que es el entusiasmo, las ansias, las ganas que se me salen del cuerpo como palabras.  Puedo decir también, que me gusta mucho mi cuaderno nuevo. Que soy como una nena a la que le acaban de regalar un juguete y no puede esperar a comenzar a descubrilo ni un minuto más. Todo eso es cierto y es normal que así sea.

Pero no es lo que quiero decir. Escribo porque este momento también forma parte de mi viaje. Aunque Buenos Aires. Aunque facultad, barsucho y café. Aunque seis de la tarde, miércoles y octubre. Hoy decidí que lo planeado no sería tiempo, sino SUSTANCIA. Palabra rota, palabra al viento, palabra atada con alambres. Perú, por lo menos el que a mí me espera, no nacerá un 27 de diciembre. Ya existe. Existe en mi cabeza. Hace la plancha en mis pensamientos cada día. Ha llorado conmigo cuando las monedas me ahogaban, saboreó la cerveza durante las noches. Incluso me robó unos cuantos cigarrillos.

Hoy, entonces, quiero decir que me declaro en camino. Ya llego, no falta mucho.

 

cuaderno

 

Emir Kusturica: ni lo ví pasar Octubre 16, 2008

Ayer en el Luna Park la ciudad de Buenos Aires tuvo la gloriosa alegría de reunirse para bailar al son del más maravilloso rock serbio. Emir Kusturica and The No Smoking Orchestra vino con todos sus vientos, violines y desfachatadas canciones a enloquecernos. Genial. Ahora, qué impertinencia la mía haberme encontrado sin una sola moneda para darme el lujo que esperaba desde hacía un tiempo. Ní lo vi pasar….

Dejo un video para que lo conozcan quienes todavía no han tenido la oportunidad. Un clásico: Unza Unza Time. A mí me lo presentó Adelina Camerata, mi profesora de Audioperceptiva del Conservatorio, cuando tenía 13 años.  Todavía se lo agradezco. Que lo disfruten…

PD: Alguien me cuenta cómo estuvo???

 

La Certeza del Psicótico Septiembre 23, 2008

Archivado en: Inquietud — cataneyra @ 5:54 am
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El sábado, por fin, después de pensarlo, meditarlo, proponérmelo cien veces con la cabeza en la almohada, fui a ver mi primer programa en vivo de La Colifata. Que qué tal? Al principio aterrador. Llegamos y los pasillos del hospital parecían cerrarse a medida que avanzábamos. Completamente indefensas y con muy pocos cigarrillos para tramitar nuestra libertad, caminamos para adelante sólo porque ya estábamos ahí, creo. Sin embargo llegamos al parque, a la casita de material adornada de cables y coronas de sillas blancas. Claudia Alejandra fue la primera que nos vio y decidió recibirnos. Una Colifata oficial con una sonrisa desnuda y completamente transparente. Sincera, como si se escapara del cuerpo. 

En ese momento me pregunté: ¿a qué le tenés miedo? ¿a lo que puedan hacer o decir? ¿O simplemente te da miedo encontrarte en ellos? En esas certezas delirantes que a veces disparan sin pudor. “Yo soy Napoleón”. “Yo siempre fui loco”. ¡Y claro! ¿Cómo no nos vamos a encontrar en ellos? Si estamos hechos de lo mismo . Yo descubrí que la diferencia está en el modus. De su angustia ellos hacen metáfora, crean, dicen, comunican. Buscan una y otra y otra vez. Como una amiga mía sabe decir, cazan ideas; acarician el pensamiento que surge en el delirio. Nosotros muchas veces nos escondemos detrás de él. Detrás de las palabras, de los cuadernos, diarios, pantallas, amigos, saludos, teclados, miradas, anteojos, canciones. Nos escondemos. Otro tipo de locura, pensé.

En fin, muchas gracias! Pienso volver.

 

 

Vivo en la línea D Septiembre 10, 2008

Archivado en: Inquietud — cataneyra @ 3:12 am
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HEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!! Y yo que me estaba acomodando en la rutina del pensar sin conciencia. Mis piernas por fin comenzaban a moverse. Mis hombros ya se iban acostumbrado al peso de la mochila. Los ruidos me invadían justo a tiempo. Las personas hablaban y mi atención finalmente cedía al desinterés. Justo cuando los vagones empezaban a avanzar.

Lo escuché distraída. No lo esperaba, es cierto. Pero el estrépito del grito no me fue fortuito. Todo lo contrario. Se arrimó como un murmullo de esos que insinúan los auriculares de los pasajeros. Sabía que no podía significar otra cosa y que si paraba la oreja la melodía se haría presente. Certera, filosamente real. Es que hay sensaciones que sólo nos acarician cuando hay música. Los ojos no sirven. Las manos no pueden más que vacilar torpes en el espacio. Simplemente se debe escuchar y existir en el contrapunto. Parece un viaje infinito, es cierto. Parece que se multiplica el zig zag. De repente el túnel se ilumina al compás de las guitarras y tambores. Catedral, Tribunales, Carranza, Palermo, Juramento, Bulnes, Agüero. Caos de estaciones. Todas y ninguna, eso ya no importa. Sólo una monedita. PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII. ¿La próxima es Facultad de Medicina?

Y después el pasajero se baja. Las puertas se abren complacientes para permitirle el paso. Ésta sea tal vez la triste certeza del subte. El pasajero siempre bajará. No importarán las orquestas, o los gritos. Ni siquiera qué tan pesada sea mi mochila. No existirán místicas palabras que impidan el hecho fatal. La música no será más que notas al aire.

¿Y a fin de cuentas? Catedral-Congreso-Catedral-Congreso. El subte no hace curvas cerradas.

 

 

The Umbilical Brothers Septiembre 6, 2008

Archivado en: Inquietud — cataneyra @ 10:02 pm
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En honor a nuestro super deportivo año 2008. Give me the finger!!

 

 

 

“Y, sin embargo, Ismael sigue navegando” Agosto 7, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 3:37 am
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“No se qué nos guía (…), pero lo cierto es que deseamos seguir ese camino (en el que tan fácil resulta morir) (…)”. Así eligió Ryszard Kapuscinski describir la sacudida que él y los periodistas Jarda Boucek y Dusan Provaznik experimentaron a lo largo de su quimérico viaje rumbo a El Congo. ¿La época? Acontecían días de julio de 1960; aquella década que traería consigo explosiones culturales, políticas, filosóficas. ¿El libro? La Guerra del Fútbol y otros reportajes. Una recopilación de artículos en los que el periodista se adentró sin tapujos ni anestesias dentro de las complejas realidades de África y América. Y no hablo de introducirse como lo haría un lector voraz frente a las infinitas bibliotecas de Borges. Tampoco evoco piletas, bañaderas o ríos donde zambullirse. Ni siquiera mares. Uso el verbo “adentrar” como quien penetra una selva espesa, ignota y espeluznante. Como el soldado que atraviesa la línea de fuego sin nada más que sus piernas cansadas. Desarmado, aterrorizado, confundido. Pero, inexplicablemente, empujado por una fuerza poderosa que lo obliga a avanzar. Que lo asalta insistente en el medio de las tripas y le dice: seguí adelante, no pares. ¿Cuál fue este temerario impulso? Su necesidad de entender a las personas, descubrir culturas, revelar las causas, comprender realidades. Buscar la verdad. Así fue (o es). Para Ryszard Kapuscinski el periodismo nunca fue una labor u oficio. Fue una forma de vida.

En estos escritos mencionó constantemente aspectos del trabajo del corresponsal. A menudo se mezclaban las sensaciones. Felicidad, orgullo, abatimiento, enojo. Sin embargo me sorprende una idea suya, allá por la página ciento setenta y pico: “Y es que nuestra profesión recuerda el trabajo del panadero: sus bollos conservan el sabor mientras están calientes y recién hechos; a los dos días, se vuelven duros como una piedra, y a la semana, cuando se cubren de moho, ya no sirven sino para ser arrojados a la basura.” Con esa desopilante sencillez me pareciera escuchar a un hombre que no intentó cambiar al mundo con un párrafo, o volarnos la cabeza de un disparo de primicias. Tal vez sea esto lo que enternezca y deslumbre de su prosa: la profunda humanidad. Kapuscinski eligió vivir el periodismo del arrojo, la humildad y el compromiso. “(…) debe pensar, sí, pensar y otra vez pensar.” Un verdadero carpintero de la palabra. O mejor dicho, panadero.

Ahora me dispongo a acompañarlo en sus peripecias por Latinoamérica, y me da hasta miedo descubrirla con sus ojos. Según él, “(…) un mundo que no se puede atravesar con la cabeza fría y el corazón indiferente.” Ácido e incisivo, pero al mismo tiempo responsable en el discurso. Un cóctel desfachatado de ironía y rigurosidad. Habló de la clave que decifra nuestro enigma: el  barroco. “Se trata de un barroco entendido no sólo como un estilo de crear y de pensar sino también como una superabundancia y un eclecticismo generalizados.” ¿Y qué le puedo decir? Si tuvo razón; con nosotros siempre se trató de la exuberancia hasta el empacho. Montañas imposibles y llanuras absolutas. De la aridez que quiebra la tierra a la humedad desorbitante. Indios, españoles, anglosajones, africanos, portugueses, franceses, italianos. Deportes que desatan pasiones combativas. “Allí están todas las orientaciones ideológicas, posibles e imposibles, y toda clase de partidos políticos. El exceso de riqueza y el exceso de miseria. Gestos solemnes y un lenguaje rico en florituras (muchísimos adjetivos).”  Acuse de recibo, don Kapuscinski. Como usted dice: “Aquí lo real está mezclado con lo fantástico, la verdad con el mito, y el realismo con la retórica.”

Y se me acabaron las páginas. Estoy cansada pero entusiasmada. Me quedé llena de proyectos, preguntas, reproches y ambiciones (¿o será que mi tierra esta hablando por/a mí?). Lo único que me queda es seguir pensando y escribiendo. ¿O no, querido polaco? Atenta, como marinero en alta mar. Persiguiendo ballenas inmensas que seguramente acabarán arremetiendo contra nosotros. Ahora estoy segura. No tiene desperdicio.

 

 

 

 

 

Gabo, pero el periodista Julio 13, 2008

Archivado en: En el tintero — cataneyra @ 12:01 am
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Hoy me pasó algo glorioso. Cuando me volvía a casa de lo de una amiga me sorpredió saludando en el escaparate de un kiosquito de diarios perdido de Las Heras. Bajo la ilustración multicolor, el título: Notas de Prensa I. Obra periodística (1961-1984). Mientras que, en la parte superior de la tapa blanca se pavoneaba grandioso y solemne el autor: Gabriel García Márquez. Así nomás, como si nada. Todo sucio y lleno de polvo. Como escondido, como olvidado.

La obra periodística de García Márquez es tan o quizás más fascinante que su extraordinaria creación literaria. Por lo menos para mí, tener la posibilidad de ver con sus ojos acontecimientos como la Guerra de Malvinas, la muerte de Ernest Hemingway o la Revolución Cubana han abierto mis ojos en muchos aspectos. Una verdadera muestra del poder de la palabra. Ahí les dejo un pedacito para pasar un buen rato:

“Mis dos razones contra esta revista” (Publicado originariamente en mayo de 1977)

De modo que aquí está otra vez Alternativa. Vuelve después de un receso de casi cuatro meses que por supuesto nos sirvió para trabajar menos, para perder menos plata y tal vez para equivocarnos menos, pero también para reflexionar, como los curas de otros tiempos, sobre el destino de nuestras almas. Sin embargo, volvemos a salir otra vez como semanario y esta vez a veinte pesos. Lo que quiere decir que los retiros espirituales nos ayudaron a resolver muchos problemas, menos los dos que a mi modo de ver son la desgracia de esta revista: la frecuencia y el precio.

Quienes propugnábamos porque Alternativa se convirtiera en diario seguimos creyendo tener la razón. También siguen creyendo tenerla los compañeros que sustentaban la opinión contraria. Son ellos los que ganan, sin embargo, por la razón de peso completo de que ni los unos ni los otros, ni todos juntos, tenemos la plata que haría falta para hacer un diario. Es decir: no hay campanas. Era por ahí, desde luego, por donde hubiéramos debido empezar.

La revista ha sido un género desdichado en Colombia. Todas, de cualquier clase, han tenido el destino de los amores de verano y de los ministros de Educación: intenso y fugaz. La única que ha logrado perdurar por más de sesenta años a través de los azares de las peluquerías y los infartos mortales de los cambios de dueños, parece más bien una advertencia de Dios para escarmiento de ingenuos y temerarios. Tal vez sea que los colombianos no sabemos hacer revistas. Tal vez sea que no las sabemos leer. Pero tal vez sea solamente que el lapso de ocho días es un reto descomunal para la mala memoria histórica de los colombianos: cuando llega el sábado ya los lectores se han olvidado de la que fue su revista favorita el sábado pasado, de modo que ésta tiene que cautivar cada semana una clientela nueva que ni siquiera recordaba haber sido la misma clientela fugitiva de la semana anterior. Es triste pero cierto: cada semana compramos una revista diferente con la misma ilusión efímera e irrepetible con que cada cuatro años elegimos un presidente de la república. Así las cosas, es muy difícil implantar un semanario, y retener el interés de un público numeroso y comprensivo, y sensible además a una propuesta política distinta, mientras no se pueda competir todos los días, y en condiciones similares, con órganos de opinión que tienen en sus manos todos los poderes del poder. Las peleas de los sábados -los borrachos lo sabemos muy bien- no son más que pleitos de cantina.

El otro problema esencial es el precio. Sin grandes anuncios -que no queremos y que además nadie nos daría-, sin un partido político que nos sustente ni un centro mundial de poder que nos mantenga, ni una agencia central de inteligencia que nos subsidie para después poderlo decir, esta revista huérfana de padre y madre no se puede vender a menos precio y la amarga verdad, duélale a quien le duela, es que los lectores con posibilidades de gastarse veinte pesos en una revista no son los que más nos interesan. De manera que nos queremos dirigir a un público y en realidad llegamos a otro. Hacemos una revista para pobres que muchos pobres no pueden comprar. Tratamos de crear una conciencia popular, pero a nuestra clientela más accesible no le interesa tanto la justicia social como las vacaciones en Miami.

A pesar de eso, con la temeridad profesional y política que nos distingue de otros mortales más felices, aquí está otra vez Alternativa. Yo sigo estando en ella como siempre desde aquel septiembre casual y ya remoto de su fundación, porque creo que a pesar de sus dos problemas mayores es un órgano indispensable en las condiciones actuales del país y de la prensa de izquierda. Lo único nuevo es que no estaré siempre en toda la revista, sino que cada quince días estaré dentro de las cuatro paredes de esta columna personal, para decir lo que me dé la gana por mi propia cuenta. Hoy, por desgracia, no he tenido mucho tiempo para decirlo.

 GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. “Mis dos razones contra esta revista“. Notas de Prensa I, obra periodística (1961-1984). Editorial Sudamericana y Clarín. Buenos Aires. pp. 13-15. 

 

Clara y los Galochas Julio 6, 2008

Archivado en: recuerdos y otras chauchas — cataneyra @ 11:40 pm
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“Como siempre, entre los galochas no hay maestros y alumnos fijos sino que todos enseñan y todos aprenden según el día. “ 

SASTURAIN, Juan. “Suspiria, la sentimental, maestra de maestros”. Los Galochas. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, p. 22.

Este año en la Feria del Libro me compré, entre otros, un libro de Juan Sasturain, Los Galochas. Hacía bastante que le había echado el ojo, sobre todo por los dibujos de Liniers. Por ello, cuando me tenía que decidir en el stand de Editorial Sudamericana qué comprarme para que el dibujante me pudiera garabatear, lo primero que busqué fue ese libro.

Cuando llegué a casa estaba contentísima. Ya me veía en el colectivo leyendo, completamente absorta en el mundo de los galochas. Ni me imaginaba que el ritmo de mi lectura no dependería de la frecuencia del 60, sino de las visitas de Clara, mi prima de siete años y quien sería mi copiloto infaltable en el viaje propuesto por el señor Sasturain.

Con Clara discutimos muchísimas cosas sobre la obra. El primer tema que captó nuestra atención se relacionaba con el alquiler de países; creo que en la página 6, justo al lado del señor con barba. Luego, un día analizamos los vestiditos de los galochitas en la página 12. También, cuando leímos “Pelafustán, el primero y último Tiarca de los galochas” hablamos sobre democracia, monarquía y contamos cuántos galochas nos miraban en las páginas 14 y 15. Incluso, me acuerdo de la vez que charlamos sobre las editoriales y los grupos editoriales; me descolocó completamente cuando me dijo que si una editorial grande compraba a otras más chiquitas todos los libros saldrían iguales, con las mismas palabras, del mismo tamaño. ¡Me tendría que estar leyendo ella!, pensaba.

Hoy leímos “Matienzo, el domador permisivo”, penúltimo cuento. Luego de terminarlo y ver que nos faltaba solo uno más me dijo despacito: no leas ese. Lo cerró y se fue al living. Creo que se dio cuenta.

 

Catalina, la grande Junio 27, 2008

Archivado en: recuerdos y otras chauchas — cataneyra @ 3:18 am
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Hoy no vengo a jugar al revisionismo o reduccionismo histórico. Tampoco tengo como intención  desplegar una desbaratada y patética demostración de megalomanía. Hoy ni siquiera vengo en calidad de escritora. Tal vez sí se acusen aquí sentimentalismos. Puede que que tengan razón. Por otro lado, esta es una aparición en el espacio público y, por lo tanto, una elección política. Es por ello que también podrán calificar este acto de “evasivo de la realidad”. Con tantos conflictos; tantos campamentos en la Plaza de los Dos Congresos. Tantos revuelos en el mundo. Tendré que correr esos riesgos.

En fín, sin más exordios, hoy, 27 de junio del 2008, me presento en calidad de nieta. Nieta de Catalina, quien hoy cumple 70 años. 

Mi regalo es un recuerdo. El de siempre. El de ella.

No se a cuántas fiestas me habrá llevado. Tal vez ocho o nueve. De lo que sí estoy segura es de que no tengo en mi memoria un 25 de mayo al que le hayan faltado esas funciones llenas de olor a pastelitos, paredes enteladas, y besos de labios empastados con rouge.

Las organizaba la Asociación Entrerriana; un club al que mi abuela se afilió luego de mudarse a Capital Federal, hará unos 30 años atrás. Ahí había encontrado la estabilidad, el apoyo y la alegría que se había olvidado en Entre Ríos, junto con un par de sombreros y sus guantes de gamuza color salmón. En ese pequeño círculo se encontraban todos los amigos que la acompañarían durante su vida en la extraña urbe. Todavía hoy no puedo creer el aprecio y afecto incondicional que le tienen.

El caso es que para mí asistir a esas fiestas era como disfrazarme y entrar en una obra de teatro de época. El vestido, el edificio afrancesado, las charlas estereotipadas y predefinidas llenas de palabras coloquiales. Hasta los invitados, esos amigos de mi abuela, me parecían personajes extremadamente pintorescos con su maquillaje y su ropa de salir. En particular el olor penetrante y excesivamente dulce con el que se presentaban, incluso antes de entrar al salón. Toda una puesta en escena.

Sin embargo, más allá de todo había una sola cosa que me hacía desviar la mirada del atrayente espectáculo a mi alrededor. Una sola y pequeña imagen arrebataba mi atención por más que los policromáticos vestidos confundieran a los ojos. Los labios de mi abuela. Únicamente ese rojo carmín imperioso que coloreaba la boca de la Negrita Yáñez era el que me hacía sentir en casa, incluso dentro del circo criollo de esa Asociación. Creo que todavía hoy, cuando me pierdo en el desorden circense del afuera, intento recordar ese carmín. Ese que, aunque ahora decore mis labios, trae como una pincelada la ingenua seguridad de la infancia.